domingo, 24 de octubre de 2010
Enmis lacerados oídos palpitan incesantemente un chillido y un aleteo depesadilla, y un breve ladrido lejano, como el de un descomunal sabueso.No es un sueño... y temo que tampoco sea locura, ya que son muchos loshechos que me han acaecido para que pueda permitirme esas piadosasdudas.St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y lanaturaleza de mi conocimiento es tal que estoy a punto de volarme lacabeza por terror a ser destrozado de la misma manera. En los oscuros einterminables pasillos de la horrible fantasía se pasea Némesis, ladiosa de la venganza negra, que me incita a la aniquilación.¡Que elcielo perdone la demencia y la morbosidad atraída por la nefastasuerte! Hartos de los temas de un mundo prosaico, donde incluso losplaceres del romance y de la aventura pierden rápidamente su color, St.John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientosestéticos e intelectuales que prometían erradicar nuestro tediosoaburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de losprerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva modaquedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.Nos apoyamosen la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamosaumentando paulatinamente la profundidad de nuestras penetraciones.Baudelaire y Huysmans no tardaron en cansarnos, hasta que no quedó otrocamino que el de los estímulos directos provocados por anormalesexperiencias y aventuras personales. Aquella espantosa necesidad deemociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero queincluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza ytimidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.No puedorevelar los detalles de nuestras brutales expediciones, ni nombrar elvalor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que creamos en lamonolítica casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados.Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gustosatánico habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción paraexcitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta,subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto yónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa yanaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hastanosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces elperfume de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso deunos funerales en un imaginario templo oriental, y a veces (¡cómo meestremezco al recordarlo!) la espantosa fetidez de una tumbadescubierta.Alrededor de las paredes de aquella repulsiva habitaciónhabía féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres quetenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el artedel moderno, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios másantiguos del mundo. Aquí y allá, unas vasijas contenían cráneos detodas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases dedescomposición.Había estatuas y cuadros, todos perversos y algunosrealizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado,encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujosatribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar.Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal yde viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonanciasde exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud dearmarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetossepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acercade esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente,tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mímismo.Las expediciones, en las cuales recogíamos nuestros tesoros, eransiempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico.No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajodeterminadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo,estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotrosla forma más exquisita de expresión, y brindábamos a sus detalles unminucioso cuidado. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o unatorpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros lafervorosa emoción que acompañaba a la exhumación. Nuestra búsqueda denuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St.John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugarque acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.¿Quéespantoso destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés?Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevabaenterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueadorde tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso.Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñalsobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; losgrotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse conel descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones demurciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta dehiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los insectosque danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón;los olores a humedad, a vegetación y a cosas menos explicables que semezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos maresy pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantescosabueso al cual no podíamos ver. Al oírlo nos estremecimos, recordandolas leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos delocalizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar,destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.Luego,nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos endescubrir una pútrida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia,pero tan antigua que conseguimos abrirla.Mucho era lo que quedaba delcadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto,aunque quebrado en algunos sitios por las mandíbulas del ser que lehabía producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, ynos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y suscuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebresemejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseñoque, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representabaa un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estabaexquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo dejade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, debestialidad y odio. En torno de la base llevaba una inscripción en unoscaracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo,como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidablecráneo.En cuanto vimos el amuleto supimos que debíamos poseerlo. Aun enel caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lohubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta deque nos parecía familiar. En realidad, era ajeno a todo arte yliteratura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotrosreconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicondel árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de losdevoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. Nonos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos porel antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscuramanifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejadosy devorados después de muertos.Apoderándonos del objeto de jade verde,dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario ycerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado.Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con elamuleto en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagosdescendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de profanar, como sibuscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoñobrillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.Al díasiguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar anuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algúngigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y nopudimos saberlo con seguridad.Menos de una semana después de nuestroregreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. Johny yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantashabitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y pocofrecuentada; de modo que en nuestra puerta sonaba muy raramente lallamada de un visitante.Ahora, sin embargo, estábamos preocupados porlo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sóloalrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lomismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. Encierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía laventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otraocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosainvestigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuiraquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejanoaullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. Elamuleto de jade reposaba ahora en nuestro museo. Leímos mucho en elNecronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de lasrelaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamosdesasosegados por lo que leímos.Luego llegó el terror.La noche del 24de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio.Creyendo que se trataba de St. John lo invité a entrar, pero sólo merespondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuandodesperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absolutaignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella mismanoche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas seconvirtió en una espantosa realidad.Cuatro días más tarde, mientras nosencontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puertaque conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarmaaumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre noshabía preocupado la posibilidad de que nuestra extraña colecciónpudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a lapuerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extrañacorriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, unarara mezcla de susurros. En aquel momento no tratamos de decidir siestábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad.De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de lasaprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habíansido proferidos en idioma holandés.Después de aquello vivimos en mediode un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor partedel tiempo nos ateníamos a la teoría de que estábamos enloqueciendo acausa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces noscomplacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnosvíctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Lasmanifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para sercontadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con lapresencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, ycada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez másclaro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blandadebajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadascompletamente imposibles de describir.El horror alcanzó su culminaciónel 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer,procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algúnespantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta lacasa y yo me había apresurado a dirigirme al lugar: llegué a tiempo deoír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra silueteada contrala luna que se alzaba en aquel momento.Mi amigo estaba muriendo cuandome acerqué a él y no pudo responder mis preguntas de un modo coherente.Lo único que hizo fue susurrar:-El amuleto..., aquel malditoamuleto...Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte decarne lacerada.Lo enterré al día siguiente en uno de nuestrosdescuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extrañosritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la últimafrase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. Laluna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre elpantano una ancha y nebulosa sombra que volaba, cerré los ojos y medejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquellaposición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y meprosterné delante del amuleto de jade verde.Temeroso de vivir solo enla antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome elamuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía coleccióndel museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antesde una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuantooscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Malecón Victoria, vi queuna sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en elagua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquelmomento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría enatacarme a mí.Al día siguiente empaqué el amuleto de jade verde y viajéhacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a susilencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado aintentarlo todo con tal de evadir la amenaza que pesaba sobre mi. Loque pudiera ser el sabueso, y los motivos para que me hubieraperseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído porprimera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los hechossiguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servidopara relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia,me hundí en la desesperación cuando, en una posada de Róterdam,descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio desalvación.Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañanaleí en el periódico un espantoso suceso en el barrio más pobre de laciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda unafamilia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejóningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve,profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantescosabueso.Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálidaluna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojasinclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y lasestropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo undedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente dehelados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil ycesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses anteshabía profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estadovolando curiosamente alrededor del sepulcro.No sé por qué había acudidoallí, a menos que fuera para rezar o para murmurar disculpas altranquilo esqueleto que reposaba en su interior; pero, más allá de mismotivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación tanto míacomo de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultófácil, aunque en un momento me encontré con una extraña interrupción:un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamenteen la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada.Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecidatapa.Aquél fue el último acto racional que realicé.Ya que en elinterior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos,se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora noestaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sinocubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándomefijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentadosbrillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si semofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron pasoa un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi queen sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde,eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos sedisolvieron en estallidos de risa histérica.La locura viaja sobre elviento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., lamuerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las ruinas de lostemplos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor elaullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cadavez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi únicorefugio contra lo desconocido.Howard Phillip Lovecraft (1922)Publicadopor Bestiarium
BESTIARIUM VOCABULUM: El Sabueso


Tags: verguenza, muerte, anfetaminas

Publicado por fb@100000605675643 @ 7:21
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios